miércoles, 29 de junio de 2011

“En la amistad y en el amor se es más feliz con la ignorancia que con el saber” William Shakespeare.

Precisamente hablaba yo en el “post” pasado de la importancia de buscar los paralelismos sobre mis ideas y las declaraciones de los sabios y virtuosos que dan valor y credibilidad a las mismas, cuando me vino a suceder lo que me sucedió el sábado pasado, otra vez, en un aeropuerto. Estaba yo esperando más de lo debido por causa de un retraso en mi vuelo, revisando el listado de mis frases de filósofos recopiladas en un par de años de lecturas, sin realmente tener una idea en concreto para escribir. Estaba en este actuar desinteresado en el que mi dedo pulgar manipulaba con soberbia y extrema seguridad la pantallita del iPhone (pues salvo la seña de “OK” y la huella digital, este dedo no tiene mucha virtud) cuando de pronto en su andar inconsciente el dedo toco el icono del basurerito y con la misma inercia, esa en la que el dedo sigue y tu mente dice para, volvió a tocar el botón de “eliminar” y fuuummmm… toda mi recopilación de frases filosóficas que uso para sustentar mis ideas desapareció, se fue todita. Me quede como pasmado pues esas cosas ya no pasan y no creí que a Steve Jobs no se le hubiera ocurrido que justo en la aplicación de notas, uno debiera de poder buscar en el basurero, como se le ocurrió a Bill Gates en algún momento. Apague mi teléfono para subir al avión pensando que de todas formas no tenía yo una idea en concreto para escribir y que eventualmente resolvería el problema recuperando mi pequeño documento. Cuando estaba ya en mi no-casa, (mi pequeño departamento en MTY), empecé a sentir el vacio del conocimiento perdido, hice un par de exploraciones con el iTunes, y el resultado fue el mismo; lo había perdido todo. En plena resignación, me tumbe en mi cama y al abrir el twitter en el mismo aparato que me había traicionado y como por arte de magia o del destino, que son casi lo mismo, apareció la frase que hoy titula este “post”, demostrándome (el destino) que a fin de cuentas, todo se resuelve y fue así como analizando el estado en el que me dejaba la perdida de mi conocimiento filosófico, decidí escribir sobre la bendita ignorancia.
Pareciera ser que el conocimiento te resuelve el futuro y es por eso que tanto nos apegamos a él y es por eso también que saber es tan importante. Vamos a la escuela durante un mínimo de veinte años para poder “tener” un futuro y, como diría Pablo Fernandez Christlieb, “llegar a ser alguien en la vida aunque en realidad, nadie nos diga cuando efectivamente ya llegamos a ser ese alguien”. Saber cosas nos hace pensar que en cierta forma podemos conocer el futuro, cuando en realidad somos todos unos ignorantes ante el mismo y aunque eso no es totalmente evidente, digo, pues se da por sentado que saber es bueno y no saber no. Quien no sabe, es automáticamente un ignorante, y por ende, vale menos, mucho menos que ese que si sabe. Es un hecho que hoy más que nunca, no hay nadie que sepa todo y por ende la línea que divide la ignorancia del conocimiento es similar a la que divide lo feo de lo bello, lo culto de lo inculto y lo pobre de lo rico. La ignorancia es uno de esos estados, juicios o calificativos que ha sido, desde mi perspectiva, injusta e inconscientemente tratada y valorada. En principio, la ignorancia es un concepto de estándares, de hecho, es un juicio y como tal, requiere de un estándar de comparación. De esta manera, el ignorante siempre estará abajo del que sabe, y el que sabe, será un ignorante con referencia al que sabe más que él y así sucesivamente. O sea que uno siempre será un ignorante en el momento en que se encuentre con alguien que sepa más o que sepa, porque no, de otra cosa. Cuando alguien sabe más que tu, inmediatamente tu “eres el ignorante” y si hay dos personas que saben dos cosas diferentes, pues la ignorancia anda danzando de aquí para allá en un duelo donde se debate el calificativo de “quien es más ignorante”, que normalmente pertenece al que se esta callado y escuchando, que en realidad en lugar de estar “siendo un ignorante” se está “sintiendo ignorante”. “Sentirse” ignorante es diferente a “ser ignorante” y mucho mas a “ser UN ignorante” que ya es como pertenecer a una clase especial de estúpido. El sentimiento de ignorancia está ligado más a la comparación que a la realidad y creo que el ser ignorante está mal dicho pues uno no puede ser ignorante en unos casos y no ser en otros. La ignorancia viene a ser más un sentimiento que una realidad o un juicio y ese sentimiento nace en el momento en el que detecto que yo sé menos que la persona que me acompaña o el contexto que me contiene y digo contexto, porque no solo las personas saben, los países, los pueblos, los vinos, la comida, los quesos, las estrellas, el mar y las religiones tiene tanto que no sabemos que al inmediato contacto con ellos nos pueden hacer sentir todos unos ignorantes y creo que eso, no es para nada malo, sino más bien lo contrario.  Sentirse ignorante sirve para inquietarse y resolver el asunto. Por ejemplo cuando uno viaja, se prepara para sentirse todo un ignorante y resolverlo viendo, probando y preguntando y eso es para mí una fortuna. Saber sentirse ignorante es un don o una habilidad finísima que yo llamaría ignorancia voluntaria y lo considero maravilloso porque detona dos aspectos importantes en la vida; El primero, te vuelve humilde, receptivo y humano y el segundo, te pone en la disposición de escucha y aprendizaje. Otro tipo de ignorancia es la inconsciente y que es también llamada ingenuidad. Esta es también muy buena porque te hace hacer cosas que desde el conocimiento mismo simplemente no harías. Si a Edison le hubieran dicho que le tomaría mil focos llegar al bueno, igual y seguiríamos con velas. El pensaba, desde su ignorancia e ingenuidad que el que seguía sería el bueno y así se fue, uno tras otro.
Hace un par de meses, con el simple afán de empezar a separar el concepto estricto de estética como único atributo del diseño, inicié una sutil campaña personal en la que me dispuse a sembrar en la mente de mis jefes, pares y colegas del trabajo la palabra innovación en plena relación con mi persona y mi departamento. La campaña surgió efecto y hace un par de semanas fui comisionado por mi jefe (el de aquí) para presentar conceptos de “innovación” de la empresa al vicepresidente de la región de Norteamérica, un alemán ex consultor del “Boston Consulting Group”. La tarea me lleno de emoción por supuesto y me disparo a las nubes cuando mi jefe, en una segunda intervención me dicto los temas que yo expondría, siendo estos desde mi perspectiva, simples ideas que aprovechaban circunstancias peculiares de nuestro mercado pero que nada tendrían que ver con el concepto de innovación que se podría manejar en Estados Unidos o Europa. Consciente de la oportunidad e ignorando a ciencia cierta que pasaría, me enfoque en la tarea de transmitir de la mejor manera los temas e ideas por desarrollar y cuál sería mi sorpresa cuando a mitad de la presentación, el personaje descrito intervino para decir, “I can tell Jorge that you are new in this company, isn´t it?”. Ante tales palabras, mi corazón se detuvo, y las miradas del resto de los vicepresidentes se centraron en él para saber de una vez si sería yo vitoreado o condenado. Acto seguido, los miró a todos y dijo “Why do we always get things so complicated in this company? Jorge, I hope you´ll never loose your ingenuity so, go ahead, the projects are great”.
El caso es que la ingenuidad y la ignorancia nos ponen siempre en una disposición única, no solo de aprender sino de hacer cosas que en el pleno juicio o conocimiento no haríamos. Y si sumamos a esto los conceptos anteriores del amor y el enamoramiento, que como dice Shakespeare, se disfrutan mas desde la ignorancia, puedo decir que el diseño desde la ignorancia y el enamoramiento se vive, se disfruta y se logra con mayor emoción, certeza y posibilidad de éxito y diferenciación que si lo vivimos desde la simple perspectiva de la solución de un problema de una manera racional. Fomentar la ignorancia con ingenuidad y enamoramiento es una formula altamente recomendable para hacer soñar al SER diseñador.

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